Privado

Roma

Trastevere

Sólo para tus ojos
EL CAPÍTULO PROHIBIDO
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Manuscrito Original

Roma

En las cálidas noches de Roma, donde el aroma a piedra antigua y jazmín se mezclaba con el bullicio de las calles empedradas, una pequeña trattoria escondida en Trastevere brillaba con luces tenues y manteles de lino blanco. Ella reía suavemente mientras él le servía más vino tinto, sus ojos brillando bajo la luz de las velas. El Coliseo se intuía a lo lejos, silente testigo de siglos de placeres y secretos. La conversación fluía ligera, llena de miradas cómplices y roces casuales bajo la mesa.

Nadie habría imaginado que, bajo su elegante vestido negro de verano, algo muy pequeño y muy travieso descansaba contra su piel. Él sonreía con esa inocencia fingida que ella ya conocía demasiado bien. —Estás preciosa esta noche —murmuró, rozando su rodilla con la suya—. Roma te sienta de maravilla. Ella sintió un leve calor subirle por el cuello. El vino, la ciudad, su voz… todo conspiraba para hacerla desear más.

Él tomó un sorbo lento, sin dejar de mirarla, y deslizó la mano en el bolsillo de su chaqueta. El primer pulso fue tan sutil que ella pensó que lo había imaginado: una vibración suave, casi una caricia lejana. Sus ojos se abrieron un poco más. Él solo sonrió, inocente, como si nada. —Prueba la pasta —dijo con naturalidad, mientras otro pequeño latido la recorría por dentro. Ella apretó los muslos bajo la mesa, el corazón acelerándose. La ciudad eterna parecía de pronto mucho más peligrosa… y mucho más excitante.

Cada vez que él hablaba de algo banal —el tráfico, la Fontana di Trevi, el tiramisú—, una nueva descarga discreta la hacía morderse el labio. El juego acababa de empezar, y Roma era la cómplice perfecta.

✧ ✧ ✧

Entonces, con esa mirada oscura que prometía perdición, él subió la intensidad del pequeño vibrador remoto. Un aparatito elegante y perverso, del tamaño de un huevo de plata mate, que él mismo había colocado con lentitud esa misma tarde, presionado justo contra su clítoris, sujetado con una fina tira de encaje negro que solo ellos conocían.

El mando descansaba en su bolsillo como un arma secreta. El siguiente pulso fue más fuerte, más profundo. Ella soltó un suspiro entrecortado y agarró la copa de vino con demasiada fuerza. —Tranquila, amore —susurró él, disfrutando cada segundo—. Nadie puede oírte… todavía.

El vibrador cobró vida con un ritmo lento y burlón, pulsando en oleadas que la obligaban a abrir ligeramente las piernas bajo la mesa. Sus jugos ya empezaban a empapar el encaje. Cada vez que el camarero se acercaba, él bajaba la intensidad solo para volver a subirla en cuanto se alejaba, haciéndola retorcerse en la silla con una sonrisa fingida.

—Estás empapada, ¿verdad? —murmuró él, inclinándose hacia ella como si solo hablara del vino—. Puedo imaginar cómo ese pequeño juguete está devorando tu clítoris hinchado… mientras tú intentas mantener la compostura delante de toda Roma. Ella ya no podía más. Con las mejillas ardiendo y las piernas temblando, se inclinó hacia él y susurró con voz entrecortada: —Necesito… ir al lavabo. Ahora.

Él sonrió con malicia, apagó el vibrador por un segundo y se levantó con ella. —Te acompaño —dijo en voz baja, como un caballero perfecto—. No vaya a ser que te pierdas por los pasillos de esta vieja trattoria. En cuanto entraron al pequeño lavabo de piedra antigua y cerraron la puerta con llave, el juego se volvió salvaje. Él la empujó suavemente contra la pared de azulejos fríos, subió su vestido hasta la cintura y se arrodilló frente a ella.

—Buena chica —gruñó contra su muslo—. Ahora vas a correrte de verdad para mí. Quitó el pequeño vibrador con los dientes y lo reemplazó al instante con su boca caliente y exigente. Su lengua devoró su clítoris hinchado mientras dos dedos gruesos se hundían profundamente en su coño empapado, follándola con un ritmo brutal y preciso. Ella ahogó un gemido contra su propia mano, pero él no tuvo piedad: lamió, succionó y curvó los dedos contra ese punto secreto que la hacía ver estrellas.

—Quiero oírte —ordenó contra su carne palpitante—. Quiero que toda Roma sepa lo puta que te pones cuando te controlo. El placer se volvió oscuro, morboso y deliciosamente sucio. Sus jugos chorreaban por la barbilla de él mientras ella se corría con fuerza, convulsionando contra su boca, las piernas temblando sin control. Él no se detuvo. Siguió lamiendo y follándola con los dedos hasta que un segundo orgasmo la desgarró, aún más intenso, más brutal. Cuando ella por fin se deshizo en temblores, él se levantó, la besó con fuerza para que probara su propio sabor y le susurró al oído con voz ronca: —Esa ha sido solo la entrada, mi amor… La noche romana es larga y yo aún tengo batería de sobra… y muchos más sitios donde follarte antes de que amanezca.